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Muchas personas llegan a evaluación pensando en una sola dificultad —por ejemplo, atención— y descubren que su funcionamiento es más complejo de lo que pensaban. En adultos, especialmente en mujeres, es frecuente que perfiles como el autismo y el TDAH coexistan y hayan pasado desapercibidos durante años (Ruggieri, 2016). "Se estima que entre el 30% y el 50% de las personas con autismo manifiestan síntomas de TDAH” (Antshel & Russo, 2019, p.33).
Esto fue justamente lo que me pasó en abril de 2025 cuando inicialmente decidí evaluarme por dificultades atencionales, de planificación y organización. Durante el proceso evaluativo, surgió la recomendación de explorar también la posibilidad de un perfil dentro del espectro autista. Hasta ese momento, había interpretado muchas de mis características bajo la idea de ser una “persona altamente sensible”, especialmente por aspectos como la sensibilidad sensorial o la sobre empatía (Merino et al., s.f.), conceptos que hoy circulan ampliamente en redes sociales. Lejos de parecerme ajeno, esto resonó con ciertas experiencias previas.
En mujeres adultas (Lai, 2015), el diagnóstico de autismo y TDAH suele ser tardío. La literatura describe fenómenos como el camouflaging (camuflaje social) (Hull et al., 2019), mediante el cual muchas mujeres desarrollan estrategias para adaptarse a las demandas sociales, lo que puede retrasar o invisibilizar el diagnóstico (Hull et al., 2015). Este retraso no solo tiene implicancias clínicas, sino también identitarias: el diagnóstico no es únicamente una etiqueta, sino un marco de comprensión retrospectiva.“El perfil cognitivo autista se describe como una variante extrema de la mente masculina, donde predomina la abstracción, la habilidad lógica y el pensamiento preciso, la también denominada ‘mente sistematizada’, mientras que las mujeres tienen un procesamiento mental más orientado a sentimientos e instintos, aspectos más relacionados con la empatía” (Ruggieri, 2026, p.522).
Sin embargo, la evaluación permitió comprender estas características desde otro marco. Aparecieron elementos como dificultades en la integración sensorial y un perfil compatible con un nivel leve dentro del espectro autista. Esto no implica necesariamente una manifestación evidente o estereotipada, sino más bien formas de funcionamiento diferentes y que pueden pasar desapercibidas. “En la actualidad, existen estudios que indican que aproximadamente el 90 % de las personas autistas presentan particularidades en cuanto al procesamiento sensorial, descritas como disfunciones o alteraciones sensoriales” (Rocha,2022, p.7-8) esto se relaciona con una integración cerebral inadecuadas de las aferencias y las eferencias, así como también, se asocia a alteraciones metabólicas que influyen en el desarrollo del cerebro de las personas del espectro autista (Rocha, 2022). Situaciones cotidianas comenzaron a adquirir sentido: la sensación persistente de no encajar completamente (Rocha, 2022), ciertas dificultades en las relaciones interpersonales (Merino,s.f.), la tendencia a interpretaciones más literales (Shore et al., 2006, p. 183) o el esfuerzo constante por analizar y anticipar las intenciones de otros (Rocha, 2022). Incluso aspectos como la modulación de la voz —por ejemplo, hablar en un volumen más bajo o con una prosodia distinta— dejaron de ser percibidos como rasgos aislados para integrarse dentro de un funcionamiento más amplio (Torres & Roco-Videla, 2019).
En mi caso, el proceso de evaluación no fue solo confirmatorio, sino reorganizativo (Stagg& Belcher, 2019). Experiencias previamente interpretadas como fallas personales comenzaron a adquirir coherencia desde un modelo neurobiológico y del desarrollo. Este fenómeno ha sido descrito en estudios sobre diagnóstico en adultos, donde se observa que el reconocimiento tardío puede facilitar procesos de autoaceptación y regulación emocional (King & Rogers, s.f.), pero también confrontar con años de sobre exigencia y desajuste (Leedham et al., 2020).
En el contexto actual, donde conceptos asociados al autismo se han difundido ampliamente en redes sociales, es importante promover una mirada responsable. No todo puede ni debe ser interpretado desde etiquetas generalizadas. La evaluación profesional sigue siendo fundamental para diferenciar, comprender y orientar adecuadamente.
Contar con un diagnóstico no solo permite nombrar una condición, sino también ajustar estrategias concretas en la vida diaria. En mi caso, esto implicó reconocer la importancia de la regulación sensorial —por ejemplo, el uso de estímulos agradables y estratégicos de autorregulación— (Ben-Sasson, 2009), y a partir de “los dominios específicos de olfato, propiocepción, tacto y gusto” (Rocha, 2022) como corresponda. Por otro lado, desarrollar herramientas de organización y planificación más visuales y estructuradas para abordar la atención y la dispersión. También comprender la necesidad de adaptar las formas de acceso a la información, como alternar entre lectura y escucha en momentos de fatiga cognitiva. Asimismo, tomar responsabilidad para iniciar el tratamiento farmacológico.
Para terminar, uno de los aprendizajes más significativos ha sido incorporar una mirada más compasiva hacia el propio funcionamiento. Reconocer los límites, entender la presencia de estados de sobrecarga emocional o cognitiva —como el burnout o el meltdown— y permitir espacios de descanso se vuelve parte fundamental del cuidado personal.
En este sentido, la evaluación no solo entrega respuestas, sino que abre la posibilidad de comprenderse de manera más ajustada y de construir estrategias acordes al propio modo de funcionamiento.
Mi nombre es Susana Ulloa, soy psicóloga, autista y propietaria de la página web www.casaartemisa.cl.
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